Didáctica Magna
Comenio
En el
primer capítulo se señala al hombre como un ser absoluto, complejo,
completo es decir el mejor entre todas
las criaturas, destacando que aquellos que tienen la misión de hombres hagan a
todos ellos conscientes de esta dignidad y excelencia dirigiendo todos sus
medios a conseguir este fin.
El
hombre debe
estar destinado a un fin
superior al de las
demás criaturas, y aunque esto se halla expresado en la creación misma
debido a que Dios le inspiró un alma de
Sí mismo al propio hombre, es ahí cuanto somos, obramos, pensamos,
hablamos, ideamos, adquirimos
y poseemos una determinada gradación, en la que, lanzados
más y más allá. El conocimiento de las cosas va apareciendo. Nuestras acciones,
se desarrollan después las potencias del
alma con las
fuerzas del cuerpo. De
un modo experimental
lo comprobaremos, Si la ambición de los honores inquietase a
otro, no hallará reposo aunque el universo le adore.
Todo se
desarrolla en nosotros de manera tan gradual que un antecedente despeja el
camino al que sigue, de igual modo esta vida exterior es sólo preparación de la
vida eterna, con el fin de que el alma prepare todo cuanto le es preciso para
la otra vida; Así, pues, necesario que nuestra vida sea sólo
un tránsito por aquí, puesto que estamos reservados para la eternidad. El
Certísimo es, la estancia en las entrañas de la madre es preparación para la
vida corporal, y no lo es menos que la vida corpórea es también preparación
para otra existencia que sigue a ésta, y que ha de durar por siempre jamás.
Se
dijo que el fin último del hombre consiste en la Bienaventuranza eterna con
Dios, y también es fácil deducir cuáles son los fines secundarios y adecuados a
esta vida transitoria; se desprende de lo que está colocado entre las criaturas
visibles para que sea: I. Criatura racional (observador denominador y
clasificador de todas las cosas). II. Criatura señora de las criaturas (disponer
de ellas conforme a sus fines legítimos para utilizarlas en provecho propio). III. Criatura imagen y deleite de su Criador (representar
vivamente el prototipo de su perfección). Y de tal manera están estos tres
miembros enlazados entre sí que no puede admitirse entre ellos separación
alguna, porque en ellos se asienta la base de la vida presente y de la futura. Se
saca la conclusión de que los requisitos genuinos del hombre son los que
siguen: I. ERUDICIÓN (comprende el conocimiento de todas las cosas, artes y
lenguas; el de buenas costumbres). 8 II. VIRTUD O COSTUMERES HONESTAS. III.
RELIGIÓN O PIEDAD.
Entendemos por NATURALEZA nuestra primera y
fundamental constitución, a la que hemos de volver, en igual sentido puede
interpretarse como en volvernos hacia la naturaleza y restituirnos a aquel
estado de que luimos desposeídos por el público error asimismo: No es bueno el
hombre, pero es creado para el bien; con el fin de que acordándose de su origen
procure asemejarse a DIOS. Así, pues, es cierto que el hombre ha sido creado
con aptitud para la inteligencia de las cosas, para el buen orden de las
costumbres y para el amor de DIOS sobre todas las cosas y que lleva dentro de
sí las raíces de los tres principios enunciados como los árboles tienen las
suyas enterrada
Es un
principio el hombre nace con aptitud para adquirir el conocimiento de las
cosas, en primer lugar porque es imagen de Dios. Entre todas las demás
cualidades de Dios, ocupa un lugar preeminente la Omnisciencia; luego
necesariamente debe aparecer en el hombre alguna señal de dicha cualidad. El
hombre está realmente colocado en medio de las obras de Dios, teniendo su
luminoso entendimiento a la manera de un espejo esférico suspendido en lo alto
que reproduce las imágenes de todas las cosas. Pero además, nuestro
entendimiento se deja impresionar por las remotas, acomete las difíciles,
indaga las ocultas, revela las desconocidas e intenta investigar las
inescrutables; por lo tanto, es en cierto modo infinito e ilimitado.
Pitágoras acostumbraba decir que era tan
natural al hombre el saber todas las cosas, que si interrogamos con habilidad a
un niño de siete años acerca de todas las cuestiones de la Filosofía podrá
responder acertadamente a todas ellas; porque sola la luz de la razón es forma
y regla suficiente de todas las cosas, por más que ahora, después del pecado,
velada y obscurecida, no sabe desembarazarse, y quienes debían desembrollaría
la envuelven más.
Estamos
dotados de ciertos órganos a modo de vigilantes u observadores para que
auxilien a nuestra alma racional durante su estancia en el cuerpo y son la
vista, oído, olfato, gusto y tacto, y así nada habrá referente a las criaturas
que se escape a su conocimiento, así cuanto el mundo encierra puede ser
conocido por el hombre dotado de entendimiento y de sentido. Es inmanente en el
hombre el deseo de saber, y tiene tolerancia en los trabajos y su inclinación. Los ojos, los oídos, el tacto, buscan un
objeto en que emplearse, se dirige, en todo momento al exterior, siendo
igualmente intolerable para la naturaleza viva el ocio que la imposibilidad. El
hombre puede llegar a investigarlo todo con el solo auxilio de la Naturaleza.
la Naturaleza nos da las semillas de la
Ciencia, honestidad y religión, pero no proporciona las mismas Cienciéstas se
adquieren rogando, aprendiendo y practicando.
De aquí se
deduce que el hombre era
un Animal disciplinable, pues no
puede formarse el hombre sin someterle a disciplina.
Si consideramos
la ciencia de las cosas,
veremos la que
es propio de
Dios únicamente conocer todas las
cosas sin principio, sin progreso, sin fin, en una simple y sola intuición, y
esto no puede hallarse ni en el Hombre ni en el Ángel, No es
poca la excelencia
del Ángel y
del Hombre con
haber recibido la luz de la Mente, gracias a la cual pueden apreciar las
obras de Dios y reunir el tesoro de la
inteligencia. Nos consta
que los Ángeles
aprenden con la
contemplación
Referencia: Juan Amós Comenio, Didáctica Magna; EDITORIAL PORRÚA, MÉXICO, 1998
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